"La Esperanza" un bar de La Cumbre detenido en el tiempo

¿Qué hacer con el tiempo que pasó?  Solo recordar. Quizá se derrame una lágrima.  ¿Qué hacer con el tiempo que vendrá? Construirlo con una sonrisa…  Por Jorge González

Sociedad 17/06/2024 Claudia Cepeda Claudia Cepeda
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Vaya uno a  saber. Algo más de 30 años hace que estoy en La Cumbre y nunca había entrado. Será porque no juego a las cartas. Será por algunas inhibiciones. Una cuestión de “ambiente”. No diría de clases porque conozco a los vecinos que van y siempre me han dispensado un saludo cordial…El asunto es que recién en noviembre del 2021 cuando fui invitado a un programa de radio que se emite desde el bar, es que yo tomé contacto con el lugar y con su paredes y con su gente… y me hice habitué (1). 
Lo cierto es que estaba yo un mediodía en “Khuska” y una mujer que esperaba un pedido de comida me dice “¿Ud. es el “hombre de las montañas?” a  lo que yo asentí y ella agregó “Soy Susana Luján la dueña del bar La Esperanza…”. Estaba todo dado para empezar la historia.

Así que a partir de ahora, tienen la palabra quienes han hecho la vida del bar.
Susana, en una de nuestras primeras charlas, me dice “Mi abuelo es quien compra la propiedad. Tiene que haber sido a fines de 1800. Él encontró en la curia de Córdoba el comprobante, un papel transparente por lo viejo, en el que figura que los trámites  los hizo un abogado de Córdoba de apellido Copa. Aquí es donde hizo una hostería y creó el bar con casa de familia. La hostería se llamaba “Licia” que es el nombre de mi hermana que hoy tiene 81 años. El nombre de ella es en realidad Olga Licia y está en Rosario. Mi padre puso la primera parrilla que hubo en La Cumbre, él había nacido en Córdoba en 1913 y se llamaba Humberto Luján. Fue muy buen jugador de casín (2). Falleció en un accidente cuando yo tenía 11 años. Mi mamá se llamaba Olga del Rosario Barrera”. 
Me hace traer amablemente un café y seguimos la charla. “La hostería se la alquiló a los Cossar y después vinieron los Rebaudino y los Masento. Resulta que la señora de Rebaudino era de apellido Masento, por eso vinieron juntos. Era la década del ’50. La abuela era quien hacía unos copetines riquísimos y por eso les empieza a ir muy bien en el bar. Ellos lo separan, por un lado daban almuerzos y por otro los copetines. Acá en esta casa nació Héctor Rebaudino. Cuando se van, arman el viejo “Toboso” en donde hoy los Chiricati tienen la venta de antigüedades. Es ahí donde llegan los Migliori de Santa Fe”.

Me reúno con Gladi Catalina Rebaudino nacida el 8 de junio de 1936, en Ceres, provincia de Santa Fe  y me cuenta que ella llegó sola a La Cumbre en 1956 a pasear cuando tenía 20 años y ya lleva algo más de 65… “Hoy ya tengo 86…” . En ese momento sus tíos le alquilaban el bar a Cossar. “El tío Ernesto “El Flaco”, el padre de Evaldo “Pocho” Rebaudino, era muy asmático y los médicos le recomendaron que se fuera a La Cumbre o a San Marcos Sierras. Por eso vinieron. “Pocho”  había nacido en Ceres en 1946 y llegó acá con dos años, en cambio Héctor nació en La Cumbre. En ese momento el bar tenía mesas afuera y mis tíos servían un vermut (3) a mediodía que era característico. Había dos hoteles enfrente, “Las Dalias” y “El Español” antes de que los comprara el gremio y los unificara y los turistas venían siempre. En el bar jugaban al “pase” (4) y se tomaba mucho”. 
“Los clientes más asiduos del bar que recuerdo eran Juan Rosa que levantaba quiniela, Ariel Bárcena que tenía una joyería cuando la calle que hoy es 9 de Julio estaba cerrada y Manolo Bamba que vendía artículos regionales. También había alguna gente “ruda”. Tengo presente que un día mi tía Clelia Masento, la mujer de mi tío Ernesto, que estaba embarazada de Héctor, estaba en el bar y entró el “Sandiero” (5) y le pidió un vino y como mi tía no le sirvió porque era tarde o no sé, le pegó un talerazo…Otra vez que había una fiesta en FATLYF, otro gaucho le dio una puñalada en la espalda. Suspendieron el baile y llevaron a mi tía al hospital…Famosos eran los Silva que venían armados y como si fuera el far west tiraban tiros al aire. Eran demócratas y no dejaban votar a la gente si eran de otro partido…”. 
“También recuerdo a Don Goyo, un hombre judío que vendía artículos regionales y era conocido porque todas las noche cenaba en La Esperanza. Se sentaba al lado de la ventana y ya era parte del mobiliario. Y cuando en la televisión daban películas de Lolita Torres venía de traje porque él la admiraba…Otros que eran judíos eran el matrimonio  de Don Simón y Doña Fany que todas las tardes iban a tomar un té y después Don Simón le decía a mi tío “¿no hay un viskicito?” y le traían un whisky…”.

Susana Castellari me asegura que fue el “Sandiero” el que le dio la puñalada a Clelia y que se decía que estaba enamorado de ella…Sobre los Silva, me animo a preguntarle a Aquiles Silva y me dice: “Y si…eran bravos, eran mis tíos y ellos venían armados. Eran tiempos en los que mi viejo venía al bar un viernes y se iba el lunes…”.
En la charla con Susana Castellari y juntando ya 57 años de vivir al lado del bar, surge una mención de Cossar. “Eran de Córdoba, a mi mamá le prestaron una habitación cuando vino. Me acuerdo que tenían un hijo abogado porque hizo los trámites de mi separación. Mi mamá era empleada de los Rebaudino. Le decían “Chita” y se llamaba Juana Rosa Prato y mi viejo que se llamaba Luis, era “El bichi” o “Roma” porque tenía una zapatería que se llamaba Roma. Eran de Morteros pero yo nací en La Cumbre y me crié prácticamente con la “Bety”, la madre de Rubén y con su hermana Norma vivíamos jugando en el bar. El padre de “Chacho” Silva y los hermanos eran bravos…”.

Yolanda Paganelli nació en Buenos Aires en 1937 pero vino a La Cumbre con 3 ó 4 años y a esa edad era compañera de juegos de los chicos Cossar. Me confirma que el Cossar que alquiló el bar tenía dos hijos “Pochi” y “Bety”. Pochi es el abogado. Del bar recuerda el tiempo en que venían los gauchos y ataban el caballo en un árbol que había allí y se “armaban cada pelea!!. Era el ‘42 o ’43…”

Los Migliori compraron el bar en 1961. Vilma Migliori me cuenta que los padres habían nacido en Sunchales y cuando se casaron se fueron a vivir a Rafaela. Allí nació Vilma en julio de 1949  y fue cuando al comprar el bar, se mudaron a La Cumbre. Vilma sigue viviendo en Santa Fe. El padre se llamaba Tomás y la mamá se llamaba Regina y Susana Lujan recuerda que  “La señora Regina se sentaba en las mesas y jugaba a las cartas y fumaba a la par de los parroquianos…”.  
Cuando en un accidente fallece Tomás Migliori, entonces se queda ella en el bar con el padre de Rubén Farías al que todos conocían como el “Negro”. A la madre de Rubén todos la llamaban “Bety” y es muy notable que muchos que la han tratado en esos años, no saben su nombre de pila. El “Negro” se llamaba Rodolfo Gregorio y  “la Bety” es Antonia Angela… 
“Todos nos acordamos –dice Susana- de “Bety” que cuando faltaba alguno para la partida, ella se sentaba en la mesa y jugaba. Hasta que se enfermó ella atendía el bar y después se hizo cargo Rubén. Era un bar de hombres, no entraban mujeres…El año pasado (2021) ellos cumplieron 50 años con el bar…”.
Susana me agregó: “Soy amiga de las Cabassi, te doy el teléfono de Elisa y ella te puede contactar con María Eugenia que hizo los motivos en el frente. Su mamá Rosita es la dueña de “Granada”. Eugenia es la que propuso hacer ese trabajo y cuando me consultó yo hablé con mi hermana Licia y estuvo de acuerdo…”.

Por allá por el 2015 yo pasé caminando por la vereda del bar y ví a varias mujeres arrodilladas y en cuclillas trabajando con mosaiquitos en la parte baja de la pared. En su frente. Me detuve y pregunté:
 ¿Qué están haciendo acá? Hace un tiempo, estaba prohibido que hubiera mujeres…”
Se sonrieron y María Eugenia Cabassi, me contó que estaban haciendo unos motivos en mosaiquismo ella con sus alumnas de Buenos Aires. Unos motivos que son verdaderamente hermosos y que se han sumado a la fisonomía de este emblemático bar La Esperanza. Ella misma ahora lo cuenta: “Me encanta La Esperanza como personaje, ese lugar conoce al pueblo y su gente como nadie. Yo me acuerdo de haber conversado con vos mientras hacíamos el mural, también me regalaste un libro y todas nos acordamos del dicho de: qué hacíamos tantas mujeres en un lugar en donde estaban prohibidas!! jaja. Te digo que eso es uno de los detalles que más me entusiasmó para hacer un mural ahí.
Debo contarte un poco de mi historia, porque es lo que dio origen al mural. Mi abuela, Emilia Cedro de Cabassi, con 17 años, llegó de Italia en 1936, trayendo con ella a su sobrina Silvia Aurora, para que se reúna con sus padres que ya estaban instalados en La Cumbre. Dos años después, llegó mi abuelo Guido Cabassi para reunirse con su esposa, mi abuela. Se instalaron en La Cumbre porque era parecido a su pueblo italiano, La Roncaiola, de Tirano, región de la Lombardía. Tuvieron 4 hijos, Elisa, Rosita, Juan y Graciela. Rosita es mi mamá. Mis dos hermanos mayores y yo nacimos en La Cumbre, pero los caminos de la vida nos llevaron a vivir a Junín cuando yo tenía 3 años. 
Siempre sueño e imagino las historias que nos contaba mi mamá sobre mi abuelo, que falleció cuando yo tenía 6 años. Con mi hermana recordamos que nos contaba que cuando salía del colegio pasaba por La Esperanza a buscar a mi abuelo, que era jardinero y estaba ahí sentado con su guadaña tomándose un vino. Para mi hermana mayor y para mí La Esperanza siempre fue un lugar misterioso y mágico, donde siempre entraban hombres y donde siempre quisimos colarnos y espiar para ver lo que ahí pasaba.
Cuando empecé a hacer murales en mosaico soñaba con hacer uno en La Cumbre y mis tías y mi mamá, se encargaron de hacerlo realidad, buscando lugares. Hablaron con Susana, la dueña de La Esperanza y ella se entusiasmó mucho con la idea de hacerlo ahí, después me ocupé yo de hablar con Rubén, que enseguida nos dio el visto bueno y hacer los trámites en la municipalidad. Con el patrocinio de mi familia que compró los materiales, armé un taller en Buenos Aires y empecé a bocetar la idea. Tomé las medidas del frente, lo observé mucho, saqué fotos y un día, se me presentó la idea de hacer una barra con distintos personajes que podían ser habitués del lugar, pero donde también aparecieran las mujeres, fue mi manera de romper con la tradición y ser parte de ese bar tan significativo para mí. Entonces uno a uno fueron apareciendo en mi cabeza muchos personajes y muchas historias, de los que fui escogiendo los más significativos o los que más me inspiraban. Publiqué el taller para enseñar la técnica del mosaico, donde los alumnos realizarían un mural para el bar La Esperanza ubicado en La Cumbre y se anotaron todas mujeres y empezó todo en la terraza de la casa de mi hermana, en Nuñez, en Buenos Aires. Con los dibujos ampliados a escala real, el grupo de alumnas y yo empezamos a hacer a cada personaje sobre una malla de fibra de vidrio para después poder trasladarlo e instalarlo. Después de casi 2 meses de trabajo, nos fuimos todas a La Cumbre, el fin de semana largo del 25 de mayo de 2015. El primer día pegamos las figuras a la pared, el segundo hicimos el fondo de la barra y el tercer día pusimos la pastina y nos despedimos del bar comiendo un rico locro, junto a mi familia, “Lala”, Rubén, “Bety” y algunos vecinos. Ese mural está dedicado a mi abuelo Guido Cabassi porque su recuerdo fue mi inspiración”. (6)

Gracias a la hospitalidad de Rubén, un jueves a mediodía, me dijo de almorzar en el bar. Almuerzo de “ejecutivos” le llamó. Y allá fui. Así que me sumé a una mesa en la que compartimos un arroz con pollo y cordiales charlas, historias y cuentos con las que se tejen las siestas de La Cumbre sin poner en duda la veracidad de lo dicho y las anécdotas. 

Cada vez que ellos hacen un “hueco”, me quedo charlando con “Lala” o con Rubén para seguir recopilando datos. “Lala” me dice que su abuelo paterno Eraldo Casali llegó a La Cumbre en 1924 y el bar ya estaba. “Es un bar que tiene 100 años…y ese estucado de la pared que parece hecho con una plancha, como “escamas”, nadie nos pudo decir cómo se llama”. Tiene presente algunas caricaturas que hizo Inolfo Olmos de los parroquianos del bar y yo busqué en sus libros, alguna “chispa” de ese estimado don Inolfo que describe  situaciones de encuentros en un bar de pueblo y aunque no hace alusión directa a La Esperanza digo yo, ¿Cuál va a ser si no?. Además, su nieta Valeria Castro me agrega: “Uh!!…mi abuelo era asiduo concurrente…iba todos los días a La Esperanza”.

Me voy al bar a eso de las 2 de la tarde. Es un típico día de invierno. De generoso sol y cielo muy azul. A eso de las 3 de la tarde comienzan a llegar los que van siempre. Y se arman las mesas. El sol entra con fuerza por las ventanas. Solo algún perro anda en la calle de esa siesta. 

Rubén me trae un café y charlamos. “Lala” recuerda que: “Una noche eran pasadas las 4 de la mañana y empezamos a levantar las sillas y las mesas y el resto seguía jugando a las cartas. De pronto golpean 4 mujeres y nos dicen que querían tomar un café. Entre ellas estaba Olga Riutort…Hace como 12 años. Algo insólito…”.
“Han venido a tomar algo a este bar el “Gato” Romero o una ginebrita Luis Luque” agrega Rubén.
Como es típicamente cordobés, Rubén recuerda con sus apodos a los protagonistas de algunas “escenas” risueñas con personajes típicos de La Esperanza. “Me acuerdo que mi viejo tenía un cuaderno y un día el “Chila” Porta le tiró el cuaderno al ventilador que había arriba de la heladera y lo destrozó porque era donde estaban anotados los fiados. Mi viejo lo rescataba siempre del boliche del “Negro” Cepeda, el padre de Sergio. Otro que venía siempre y muy “picado” era el “Negro” Bustos al que un día el “Sandiero” le rompió la nariz de un talerazo…”.
Una anécdota simpática que recuerda “Lala” es sobre Ignacio Moyano. “Tenía la costumbre cuando venía caminando de la casa, de entrar por la primera puerta al bar, “chusmear” por las mesas y cruzar todo el salón y salir por el otro lado. Lo mismo hacía cuando volvía del centro, pasaba por el medio del bar como si fuera una galería. Entraba por la primera puerta viniendo de aquel lado y salía por la otra y seguía caminando…”.

Sobre ese “mito” y realidad de que no entraban mujeres, algo puede haber de cierto, pero las cosas han cambiado. Al punto de que me decía Mauricio Gobbi que la querida Josefina Menéndez Behety le comentó, cuando fue invitada al programa de radio, que ella iba a juntar a sus amigas para empezar a ir a La Esperanza a jugar una partida de cartas que llamaban “fandango” (7) y que periódicamente las reunía. Y un caso reciente aporta otra anécdota. Un día lo llama a Rubén, Marcial Zavalía y le pide la posibilidad de usar el salón para el festejo del cumpleaños de su madre María Angélica Zuberbühler. No solo que se trataba de un apellido de escudo como es el de la señora, sino que era 26 de diciembre y domingo un día después de navidad y Rubén tuvo que correr para preparar un almuerzo para 16 personas…Señoras de tradición y abolengo encantadas con ese sencillo y antiguo lugar de La Cumbre que van desmintiendo aquello de que no podían entrar las damas.

Un día Rubén me hace llegar un libro que se llama “Bar La Esperanza”. (8) Me dice que no lo leyó y que la mujer-“Mary Paraguaya”-que trabajaba en la casa de la autora, vio en la vereda “como para tirar” varios libros y “levantó este porque pensó que a mí me iba a interesar”. Me lo “devoré”. Su decir “roca, espina, agua, monte, roca” me metía en el paisaje y me sumergía en la siesta otoñal de las sierras.
La autora María Eugenia Romero, cita un bar La Esperanza en las páginas 25 y 26 en su particular estilo: “A las seis de la tarde termina la jornada y como todos los días nos vamos al bar La Esperanza en donde nos juntamos. Ginebra, más ginebra, la mesa se va poblando, ginebra y juego de naipes, ginebra y mi caballo atado en el poste, en la calle, frente a la puerta. A las once me ayudan los muchachos a montar, una palmada y mi caballo regresa”.
En otro pasaje leo: “Son las doce y veinte y veo al chofer del taxi que entra al bar y se dirige a la barra. Pide un vaso de vino. Tiene hambre pero sabe que en la casa su mujer está cocinando. 
-Parece que empieza a levantar la niebla-dice el mesero.
El hombre asiente. Se toma el vino. Deja un billete y se retira saludando con la mano.
Yo me pido un familiar de jamón y queso.
-¿Cuánto más durará el frío?-pregunté.
Es la calle principal del pueblo. Bar La Esperanza.  
-No creo que por ahora amaine. Ve esas nubes blancas…son de frío”. 

Yo deseaba hablar con María Eugenia, intrigado por las razones de su título, por saber hasta qué punto era el bar, la inspiración de su libro. “Yo tenía varios ejemplares de “Bar La Esperanza”,  estaba haciendo “limpieza” y le obsequié uno a María Martina que es la señora que trabaja en mi casa y que efectivamente es paraguaya…El recorrido del libro es una búsqueda existencial que después se convierte en espiritual…el Bar La Esperanza en realidad es en sentido figurado…Por ejemplo yo estaba en auto por el camino del Pungo una siesta y veo en una de esas casitas que están a la derecha del camino, una persona durmiendo bajo el dintel de la ventana   y la imagen la “trasladé” al bar La Esperanza…El término con el que yo sentí definir al bar cuando llegué a La Cumbre es “cancino”. Uno trae el bagaje de la ciudad, no siempre entiende. Con el tiempo aprecié el profundo aprendizaje que encierran las cosas simples…Siempre me llamó la atención. Yo nunca entré al bar…”.
Se pregunta Eugenia por el nombre. Yo también me hice esa pregunta pero no lo fui a confirmar con certeza. Prefiero creer en mi propia teoría de que en ese entonces, cuando venía alguien a emprender una nueva vida “la esperanza” era el nombre más apropiado. Hoy quizá no se lo utilizaría. Hoy hablamos del “modo” esperanza y ese montón de expectativas al futuro, está codificada y definida por google…

Allá por el 2012, en agosto, Rubén publicó una foto del frente del bar y Walter José Benítez comentaba: “Obvio que hay historia...cuando recién comenzaba la tv a color, tu viejo con “El Toboso” eran los únicos que tenían, así que para ver a Reuteman en la F1, nos levantábamos temprano con mi viejo el “Vaca” a ver las carreras!!!!”. Claudio Masento le agrega: “Si me habrá traído galletas el “Nono” cuando ganaba los partidos de la loba jaja!!” y Rubén dice: “Claudio, tú abuelo jugaba al tute!! Un genio Romildo!”

Las mesas se van poblando. Diría con los “de siempre”. Rubén me hace una lista de memoria: Martín Álvarez “Ojo e’ Tigre”, Francisco Capozzo, el “Petiso” Cáceres,  “Coco” Avacca, “Chita” Galli, “Poppy” Stanich, Daniel Cicolini, “Lata” González, “Chelco” Ahumada, Aquiles Alejandro Silva, Venancio Ceballos, Don Corso, Daniel Olmos, Raúl Palacios, “El gringo” Carlos Alberto López, “El zurdo” Jorge Bucalón, José Mercado. Los de otro tiempo como “Cabo” Luis Abel Luján, Raúl Soza, Evaristo Galli, “Murmullo” Gabriel Heredia, “El caballo” Alberto Reyna y los que recuerda ya fallecidos como “Coyo” Escalante, “Rundy” Santucho, Abel Olmos, “Vaca” Benítez, don Jesús González, “Chaly” Bustos, “Negro” Peralta, “Zorro” o “Aguja” Moyano o José Neira. 

Loba (9), chinchón (10) y cafecitos en las mesitas petisas para acompañar la tarde…Cuando me “meto” en la historia, es un viaje hacia otro tiempo y salen de las paredes la energía de quienes han pasado por aquí. Y hay que tener en cuenta que, más allá de algún “arrebato” o incluso una bravuconada, los que han pasado, lo hicieron para despertar una sonrisa al bautizar con algún apodo, para encontrarse con los amigos en una partida de cartas o para ahogar una pena aunque sea por un rato. Y eso, en definitiva, es la vida. Tranquila y sencilla de cualquier bar de pueblo… 

El 13 de agosto del 2021, se empezó a emitir desde el bar, el programa de radio  “Los cosos de al Lao” (11) que se transmite por la FM local 102.9 de Brenda Mercado. Débora Carabajal escribía en octubre de 2021 “Todos los viernes a la noche, en el bar del pueblo, llamado “La Esperanza” donde el vino se sirve en el pingüino y con soda, la radio del pueblo le hace un reportaje a algún vecino mientras transmiten en vivo comemos, chorizo a la pomarola o como hoy una carbonada…Estas son las cosas que adoro de La Cumbre. (Cosas distintas de la vida…)”. 

Qué hermosa experiencia fue recorrer esta historia!. En lo personal, me permitió revalorizar lo que de forma intangible escribieron los recuerdos de mucha gente nativa y de los primeros venidos a La Cumbre en los albores del 1900. Si hay una creencia de que los “rasgos” que caracterizan a La Cumbre se delinearon con la llegada de la aristocracia porteña y los ingleses, se debe saber  que hay y hubo una población propia que los cimentaron y le aportaron singularidad y ricos matices…Mientras, la noche de los viernes, con los muchachos Martín Rubini, Hugo Federico Campal en un principio, Fernando Valsangiacomo, Gastón Esper y Mauricio Gobbi me los “regalo”. Ambiente de micrófonos y auriculares. Comienza el programa “Los cosos de al lao”. Me regalo una grappa, un saludo, la barra, un momento que estira la magia de pensar que las vidas pueden ser relatos mágicos y agradecidos…Me regalo esa noche en La Esperanza. (12)

¿La dirección del bar?. Pregunte nomás, que cualquier vecino le va a indicar como llegar…

Referencias
1-Habitué: palabra francesa que se usaba con frecuencia hasta mediados del siglo pasado en estratos cultos de la sociedad. Fue sustituida por palabras españolas como habitual, asiduo, frecuentador.

2- Se llama Casín al juego de mesa de billar que se realiza con tres bolas (una blanca, una naranja y una amarilla), cinco palos (cuatro blancos y uno rojo) y cuyo objetivo es pegarle a la bola contraria y tratar de hacer puntos volteando los palos que están en el centro de la mesa con o sin carambola.

3- Vermut: es una adaptación gráfica de la voz francesa vermout o vermouth -que los franceses tomaron del alemán Wermut (ajenjo)-y designa un licor aperitivo hecho con ajenjo y otras plantas amargas y tónicas.

4- El pase inglés, también llamado Craps, es un juego de azar que consiste en realizar distintas apuestas al resultado que se obtendrá al lanzar dos dados en el tiro siguiente o en toda una ronda.

5-El “Sandiero” se llamaba Mariano Toledo y tenía ese apodo porque vendía sandías que iba a buscar a Cruz del Eje sobre todo en verano. Tenía un puesto frente al cuartel de bomberos y en Cruz Chica vendía gallinas. Hombre pendenciero y bravucón (testimonios verbales). 

6- Esto es lo que dice María Eugenia Cabassi: “Mural Realizado en mayo de 2015. En el Bar "La Esperanza". Es el bar más antiguo del pueblo y aún está y conserva su idiosincrasia. En La Cumbre - Córdoba. Realizado junto a mis alumnas del taller de mosaico: Nora Martí, Florencia Roqueta, Gaby Pavan, Haydee Villalba, Laura Gómez, Tamara Rimski-Korsakov. Con la colaboración de más gente: Alice Cormick (traslados), Adriana Martínez, Fede, Delfi y Felicitas Santillán, Sofia Movsesian (fotógrafa), Patricia Heredia, Adelina Aurora, Rubén Farías, María Laura Casali, Bety, Susana Luján, Maria Laura Somma, Elisa Cabassi, María Elisa Pavan  y su tía. Todos los habitués del bar.…y todos los vecinos que nos apoyaron y donaron algunos materiales. Fue un proyecto de muchas manos. Es lo que más me gusta de esta profesión, trabajar en equipo”.

7- El “fandango” es un juego de naipes de 2 a 6 jugadores jugado en Colombia, Argentina y otros países sudamericanos. Se puede jugar con baraja española o francesa y el objetivo es formar combinaciones (escaleras, ternas, etc.). El juego termina cuando un jugador quede sin cartas al haberlas logrado bajar a la mesa según las reglas. 

8-María Eugenia Romero  (Ediciones letranomada, 2003).

9- La “loba” es un juego de naipes para dos o más jugadores, con dos mazos de la baraja inglesa. Consiste en bajar la totalidad de los naipes que el jugador posee en su mano mediante combinaciones establecidas.

10- El “chinchón” es un juego de naipes de 2 a 8 jugadores principalmente jugado en España, Argentina, Colombia, Paraguay, Uruguay, Cabo Verde y otros países. Es un juego con baraja española. 

11-“Queridos vecinos…Un nuevo encuentro que no es un encuentro más, nuestras almas siguen en contacto con la esperanza de que ésta  cercanía no se dirija a otro destino que no sea un mundo más rico, más sano y mejor…Este encuentro de almas sensibles es la verdadera fiesta que compartimos, nada más ni nada menos que Los Cosos de al Lao…”.

12-Pasaron por La Esperanza dejando su música: Gastón Carbonetti, Gabriela  Maiztegui, Guadalupe Tobarías, Laura dos Santos, Hugo Vonkampal, Adrián Rama, Juan Manuel Chirón, Naty Pérez Aráoz, Frances Evans, Cántaro a la Fuente, Maxi Lezcano, Julia Otonello, Eduardo di Leonardo, Fernando Valsangiacomo, Paul Aguilera, Vicente Malmassari, Andy Freire, Jorge Ocampo, Martín Valiente, Andy Hermans, Víctor Hamudis, Leo Herrera, Adrián Costa, Tutti Ruggiero, Matías Bottino, Caro Monher.

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